Chimo: Porque Einstein no jugaba a Squash

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En estos últimos días los cimientos más básicos de la Física tradicional se están tambaleando; al parecer y para quien no lo sepa, Albert Einstein, en 1905, dejó claro en su Teoría de la Relatividad Especial que ninguna partícula con masa podía viajar más rápido que la luz –vamos, para que lo entendamos todos, ni siquiera Borja Golán-. Los científicos tenían esta regla como un pilar fundamental en el que se basaban todos los conocimientos actuales de la física moderna. Pero ahora resulta que unos tipos en Ginebra con bastante tiempo libre han conseguido que unas partículas subatómicas con nombre de zumo de naranja (“neutrinos” se llaman las muy cabronas) se desplacen más rápido todavía. Total, que a los sesudos científicos que se ocupan de estos temas tan importantes el descubrir a estas alturas que Einstein era un pringado los tiene en tal estado de shock que sólo se ponen de acuerdo en una cosa; de momento este descubrimiento no sirve absolutamente para nada.
               

   Pero yo me he puesto a pensar a ver si resulta que con el Squash nos está pasando lo mismo, si las reglas de toda la vida de cómo jugar bien a esto están equivocadas y si, como Einstein, Jonah Barrington, Neil Harvey o John Milton son unos patatas que no saben lo que dicen. Me refiero a ese rollo de la profundidad de bola, del juego básico, de pegar la bola a la pared, y de arriesgar poco y correr mucho. Y digo esto porque de un tiempo a esta parte, viendo en acción a los mejores jugadores del mundo y a lo más laureado de nuestro circuito nacional, cada vez más aparecen golpes, movimientos, recursos y formas de hacer abiertamente contrarios a lo académicamente correcto.


   La primera, entrar con el pie cambiado; cuando empiezas te enseñan como algo fundamental que debes entrar a la bola con el pie contrario al lado al que vas. Te sueltan un rollo del camino más corto, de salirte antes y de la distribución de la carga de tu peso. Vale, de puta madre, entonces ¿Por qué ahora todos los jugadores entran a la bola con el pie que les viene en gana? La segunda, es fundamental que te pongas de lado para que la bola te llegue atrás. Luego viene una historia sobre que la dirección a la que miran los hombros y la trayectoria de la pelota son un matrimonio indisoluble. Perfecto, pero yo veo que, sobre todo de drive, los top-ten muchas veces le pegan de frente. ¿Qué pasa aquí?nueva imagen 2


   Vamos con los golpes. ¿No habíamos quedado en que para que la cruzada sea buena debe pegar en la lateral un poco después del cuadro de saque? Pues yo veo cada vez más el recurso de la cruzada desde delante a la puta T. En bolas no muy complicadas y con algo de altura y tiempo, muchos jugadores PSA usan una bola muy rápida al centro, buscando el cuerpo del rival que no tiene tiempo ni de levantar la raqueta. Por no hablar del recurso cada vez más frecuente al Skip-Boast. Este golpe es una paralela desde el cristal   aparentemente mala porque pega en la misma esquina entre la frontal y la lateral (o sea, en el Nick) pero que cuando se le pega fuerte a la bola, ésta sale en diagonal como si fuese una cruzada haciendo mucho daño al oponente. Al primero que se lo vi hacer, hace ya años, fue a Albert Codina, que rompía la bola. Empecé pensando “qué suerte que tiene este tío” hasta que cuando iba por el 5º o 6º me di cuenta que la bola la dirigía allí. Ahora lo hace cada vez más gente.

Un ejemplo claro de lo que estoy diciendo es el estilo de juego egipcio, sobre todo el de Ramy Ashour. Ramy es la antítesis de lo que podríamos denominar el squash clásico; técnicamente no es nada ortodoxo, se coloca un metro por delante de la T, suele evitar si puede los rallys atrás, asume niveles de riesgo altísimos, saca golpes raros cada dos por tres y basa su juego en la rapidez y en la inspiración cuando no en la más pura y simple improvisación. Sin embargo no le gana nadie. Ramy es el puto neutrino que rompe las sagradas reglas del squash clásico. Habría que preguntarse si su forma de jugar va a tener continuidad (hay una buena generación de egipcios jóvenes que juegan muy parecido) o va a ser flor de un día. En cualquier caso, de haberse conocido, no creo que a Einstein le hubiera hecho la más mínima gracia. Por cierto, fijaos en la foto de Ramy, totalmente de frente, la muñeca tonta, el golpe a medio terminar, el otro brazo caído, un desastre…

Chimo: La tentación vive arriba.

 

LA TENTACION VIVE ARRIBA.

Es el título de una peli del año 1955 del genial Billy Wilder; Tom Ewell –de rodríguez-  tenía que “soportar” la presencia de una inocente  Marilyn Monroe en el apartamento superior al suyo y ser testigo de cómo se le levantaba la falda a la legendaria rubia al pasar por encima de una rejilla del metro en una de las escenas más famosas de la historia del cine. En el squash pasa exactamente lo mismo, la tentación vive arriba, es decir, en la cabecita de cada uno de nosotros. Cuando jugamos, todos sabemos más o menos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, qué debemos hacer y qué no, cuál es el camino correcto para lograr nuestros propósitos. Pero en nuestra mente tenemos al diablillo de marras que nos invita siempre a tomar un atajo lo cual suele ser casi siempre nuestra perdición.

Me explicaré, cuando el partido se hace largo, duro y exigente física y mentalmente todos tenemos claro que si aguantamos la bola atrás y no arriesgamos lo normal es que nos llevemos el gato al agua; pero claro, eso requiere mucho esfuerzo. Es entonces cuando surgen las tentaciones, el camino corto, el fácil. ¿Qué es lo que solemos hacer cuando le vemos  las piernas a Marilyn?

Lo primero es jugarnos los restos. La teoría dice que se debe restar atrás en paralelo o en cruzado pero  “¿Y si me la juego y me entra?  Al otro lo hundo y el partido es mío”. Y para eso, para restar mal,  tenemos un surtido amplio de malas ideas, la volea-dejada a un dedo de la chapa, la volea cruzada al Nick, el boast a dos paredes y mi favorito, el boast invertido. La tentación es fuerte, nos la jugamos y la cagamos. Lo segundo es hacer boast durante un rally cuando puedes hacer paralela

; claro, para la paralela hay que moverse más rápido, llegar un poco más atrás, esforzarse más, no problem, tiramos de boast a ver si suena la flauta y,  o hacemos chapa o nos cazan con una dejadita bien hecha y adiós al punto. Lo tercero, buscar el Nick cruzado en vez de la dejada paralela, “sí, es más arriesgado, pero si me entra se cae el estadio”; de puta madre, por supuesto la bola bota, toca la lateral y sale hacia arriba para que el contrario nos remate. Lo cuarto, la dejada desde el cristal cuando el punto clave se alarga más que un día sin pan, “como me entre lo trinco cagando”. Ya sabéis lo suele pasar, otra chapita al zurrón.

Estas son las típicas pero el repertorio de fantasías animadas de ayer, de hoy y de siempre es inagotable; chimeneas, filadelfias, planchas me juego la vida y demás gilipolleces que nos salen una vez cada dos años están esperando en nuestro cerebro a que venga el diablillo de las malas ideas a recordarnos que existen. Qué agradable es sucumbir a la tentación y qué cara se nos queda cuando nos pasa lo de siempre.

Y esta lucha entre lo que hacemos y lo que deberíamos hacer no sólo nos ocurre durante los partidos; está presente en todas las facetas del juego. Como regla general, todo lo que es duro, cansado y aburrido nos hace mejores jugadores y todo lo que es divertido, banal y frívolo nos perjudica. Cuando quedas con tu colega de los martes ¿Cuántas veces os habéis propuesto entrenar rutinas en vez de jugar la partidita de marras? ¿Cuántas veces lo habéis hecho? Cuando lleváis 3 minutos de boast-paralela sale la pregunta “nene, ¿pasamos de este rollo y jugamos?”, el otro, con cara de resignación más falsa que un billete de 30 euros,  acepta encantado y adiós entreno. ¿Cuántas veces te has ido al club con la férrea determinación de hacer una sesión de técnica individual –“esta vez sí, por mis huevos“-  y cuando se te acerca uno al que han dejado colgado te pones a jugar con él? ¿Cuántas veces has ido al club con la sana intención de hacer preparación física y has acabado en el bar delante de unas cervezas? ¿Cuántas veces has llegado al club con la antelación suficiente para hacer un calentamiento serio antes de una partida de liga? ¿Cuántas veces has dedicado a estirar el tiempo necesario tras un partido?

No sé si ante estas preguntas os sentís retratados o no pero seguro que muchos de vosotros os habéis visto en estas situaciones y habéis caído en la tentación de lo más fácil; a jugar que mola más, tranqui, Pepe, jugamos juntos, ya haré el físico otro día o mierda, otra vez con el tiempo justo. A mi desde luego me ha pasado un montón de veces y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Vale que no somos jugadores profesionales, que el squash no es más que un hobby y que el objetivo nº 1 es hacer ejercicio y divertirse. Pero todos vivimos este deporte con una pasión que yo creo que no existe en otros menos exigentes. Cuando el squash te atrapa ya no hay vuelta atrás y lo vives de una manera bastante extrema, como si volviésemos a ser niños otra vez. Es frecuente ver a jugadores veteranos que ya no cumplirán ni los 30 ni los 40 maldecir y lamentarse porque no les sale un golpe o porque pierden con el de siempre. Las excusas son el pan nuestro de cada día; que si la pista resbala, que si tengo el grip gastado, que si me han tangado 4 strokes, que si ha metido 4 cañas por juego, que si…  Pero ninguno tiene la capacidad de autocrítica para reconocer que no entrenó cuando debió hacerlo, que no hizo físico cuando tocaba, que no calentó como es debido y que durante el partido se jugó más bolas que un tahúr del Mississippi. Lo único que tenemos que intentar es ser un poco más disciplinados antes, durante y después de los partidos y acordarnos de Marilyn para no caer en lo que ya sabemos. Eso sí, con esas piernas, fácil no es.

¿Me arbitras esta partida?

¿Me arbitras esta partida?

Puede ser la pregunta más odiada en los campeonatos; siempre la hace el mismo, cara de desesperación, ojos idos, carpeta en mano llena de papeles y bolsillos llenos de bolígrafos y pelotas, o sea, el juez árbitro. Genera diásporas espontáneas que desafían la velocidad de los polos opuestos. “Es que tengo que estirar, me ducho y vengo enseguida, es que nos vamos al hotel… “ Lo habitual, salimos por piernas con la excusa más peregrina y el marrón que se lo coma otro. Pero, ¿De verdad es un marrón eso de arbitrar? No sé qué opinareis vosotros pero yo lo tengo clarísimo, lo es.

La primera vez que me metieron en un fregado de estos fue –creo recordar- en 1992, ya ha llovido; yo estaba en Madrid viendo un Open Internacional, me parece que en el Abasota y el Juez Arbitro se me acercó y dándome la carpetita me dijo, “Chaval, pítame la partida de la pista 3”. Yo me voy a la pista 3 con el pecho henchido de orgullo y me encuentro a Jonas Gornerup y a Agustín Adarraga. Balbuceo primer juego, cero cero y empieza el baile. No pude hacerlo peor, con sólo dos años de squash a mis espaldas mi único mérito como trencilla era saber contar hasta 9 con cierta solvencia, más allá de eso, la nada existencial. Frente a mí, dos jugadores PSA con el culo pelado; fue un auténtico desastre, cada vez que Adarraga me miraba yo tragaba saliva y asentía mientras Jonas se subía por las paredes. Yo era consciente de que Agustín me estaba llevando al huerto, que me estaba presionando, pero sencillamente no pude hacer nada. Ganó Adarraga 3-1 y yo me fui al hotel con una depresión de caballo, jurándome a mí mismo que jamás volvería a arbitrar ni siquiera una partida de futbolín. Con el tiempo me he dado cuenta de que la culpa no fue mía sino del cabroncete que me metió en el embolado, mi único error fue no tirarle la carpeta a la cabeza cuando vi los angelitos que me esperaban en la pista 3.

Después con el paso de los años y con algo más de experiencia me he “enfrentado” boli en ristre con toritos nada fáciles de lidiar; Hansi Wiens (ex nº 8 del mundo), Jonathon Power, Borja Golán y bastantes jugadores internacionales de relevancia más modesta en torneos menores PSA y en algún Campeonato de Europa. He pasado por la indescriptible experiencia de haber arbitrado varias veces a Salvador Miró –“agradable trance” que recomiendo a cualquiera que quiera doctorarse en estos saberes- y en estos últimos 2 años me ha tocado arbitrar a todos los mejores jugadores españoles en semis y en finales de torneos nacionales y en Campeonatos de España, individuales y por equipos. No puedo decir que lo haga bien pero sí que a mis 48 años y después de más de 23 jugando y arbitrando tengo algo de experiencia. Así que cuando os vengan con la preguntita de marras –“¿Puedes arbitrarme esta partida?”-, aparte de no huir, os doy mi opinión sobre 4 cosillas que a lo mejor os pueden ayudar.

En primer lugar, tratad de no tener un papel estelar, las partidas las protagonizan 2 personas, no tres. En la medida de lo posible intentad trabajar con un perfil bajo, pasad desapercibidos salvo que la actitud de los contendientes lo haga imposible. No uséis los recursos sancionadores del reglamento salvo que sea imprescindible, interpretad con criterio laxo y generoso la “libertad de expresión” de los jugadores. Segundo, sed rápidos a la hora de tomar decisiones, no os alarguéis demasiado pensando –ni se os ocurra morder el boli, canta mucho- porque los jugadores se os echarán encima apelando ambos y condicionándoos: cuanto antes tomas una decisión y más alto la transmites, más fácil resulta que la acepten. Tercero, mantén siempre el mismo criterio; si eres estricto con los no-lets o concedes fácilmente los strokes, que sea igual para los dos. Poco a poco los jugadores sabrán a qué atenerse y acertado o no tus decisiones serán más justas.

Muchas veces en cuanto tomas una decisión en un partido por dentro sabes que te has equivocado, que se te ha calentado la boca concediendo o negando algo, que te has precipitado; el problema es 

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que no puedes volverte atrás porque supondría una merma a tu autoridad. En esos casos, mantente firme pero, por favor, no trates de compensar tu error en un momento posterior –rollo “a la próxima le echo una mano”-; ni se te ocurra, es el principio del fin, simplemente asume tu error y trata de no equivocarte más. Piensa que si el perjudicado pierde la partida no es por la labor arbitral sino por su culpa.

Por último, y esto supongo que generará bastantes opiniones en contra –sobre todo la de mi amigo Patxi-, yo trataría de no ser excesivamente reglamentista, mirad menos la normativa y tirad más de sentido común. No digo que, por supuesto, no haya que respetar la letra de la ley pero hay situaciones que se solucionan mejor y de forma más justa con juicios más salomónicos que técnicos. Patxi se sentiría más cómodo si pudiese arbitrar con el reglamento en la mano, parando el partido para ver en qué artículo y en que párrafo se alumbra la solución a la jugada dudosa –de hecho, os adjunto foto de Patxi en acción-, yo creo, en cambio, que a veces es más sano tener poca memoria.

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